Pueblos con historias y leyendas en un mundo natural para aventura. En el extremo noreste de Sonora, justo en las faldas de la Sierra Madre Occidental, el panorama se impone con los contrastes de las altas montañas y los valles a la ribera del río. Ahí, en los pocos espacios con vocación agrícola, los misioneros jesuitas fundaron en 1600 una serie de pueblos de misión y colonias que por más de cuatro siglos permanecieron intactas, ajenas a la modernidad y autónomos en muchos aspectos.
La ganadería en toda la inmensidad del terreno, la agricultura de temporal y en espacios irrigables por el río han sido, desde la llegada de los españoles, las actividades productivas, además de la minería subterránea y de gambusinos, ahora explotada con técnicas modernas.
Pueblos que, cada uno a la orilla de su río, coinciden en sus costumbres, su origen, religiosidad, ambiente alegre y hospitalidad amigable. El templo misional, la plaza y el edificio o casona de la autoridad municipal como centro cívico y cultural en cada pueblo muestran evidencia de la estructura del poder que les dio origen. A su alrededor, en todos, las calles limpias y el orden cotidiano dejan ver pueblos sanos, pulcros y de gente trabajadora.
Cada pueblo es centro de una región rural extraordinaria y única, donde los paisajes y los caprichos de la naturaleza ofrecen la oportunidad para encontrar los espacios de aventura, recreación y contacto con la tierra. Ríos, cascadas, lagos, paredones, aguajes, ranchos, colinas que van desde el mezquite hasta el encino y el pino en las altas cumbres. Una biodiversidad envidiable y prístina digna de admirarse y cuidarse conforman los tesoros turísticos de los pueblos de la sierra alta.
*Rappel en Cruz del Diablo
*Visitar Mesa de Tres Ríos
*Conocer Templo de Bacadéhuachi